Quod Natura non dat, Salmantica non praestat.

Lo que la Naturaleza no da, no lo busques en Salamanca. (o sea, en la academia, o sea, no intentes aprenderlo).

Sabiduría antigüa. 

¿Suena un tanto lapidario no? Si no tengo el talento innato para algo, mejor no me molesto en desarrollarlo porque no va a haber manera.

De hecho, a menudo he oído usar esta expresión de un modo despectivo, para dar a entender que una persona no tiene mucho talento o inteligencia, y por más que se esfuerce no va a conseguir nada, porque no tiene dotes naturales.

Pues yo creo que tiene razón. Ahora te explico por qué. 

Pero antes te cuento por qué esta frase me ha hecho pensar en la primera vez que medité y que hice yoga.

Fue en un curso de teatro un tanto especial, en un pazo en la provincia de Orense, con Rena Mirecka, nada menos. (Uf, ése curso da para mucho contar, pero para otro momento…) El caso es que dentro de la dinámica del curso nos desayunábamos con una sesión de yoga y terminábamos meditando de una forma muy sencilla. Escuchando la naturaleza, los pájaros, la respiración, el latido del corazón propio…

Para mí fue un flipe. Una sensación de paz, conexión y calma muy especiales. Como nunca había sentido.

¿Nunca? Un momento…

Profundizo en ése recuerdo con más cuidado y…

No era un descubrimiento, era un redescubrimiento. 

Esa sensación de conexión ya había pasado por mis células. 

Pero yo nunca había meditado hasta ese momento

¿O sí?

La Natura lo da.
Esa sensación de conexión y paz viene de fábrica. Es nuestra naturaleza, nuestro patrimonio.

Pero…
La perdemos. Podemos extraviarla antes o después, pero todas las personas la perdemos en algún momento del desarrollo. Es ley de vida.

Afortunadamente…
Venimos de fábrica también con el anhelo y la capacidad para volver a ella. 
Es como un programa de reparación y reconexión instalado en nuestro disco duro. 

Pero… 
Si no hemos usado el programa y no hemos instalado las actualizaciones… puede tener dificultades para funcionar. O no hacerlo en absoluto. O hacerlo de maneras raras. 

Así que… hay que instalarlo, hay que reaprenderlo, re-descubrirlo.

La meditación es una parte importante de este programa, es la clave.

Yo ya había meditado antes de aquel curso a mis 21, en Orense. (Y tú también).

Cuando me quedaba absorto en un atardecer.
Cuando de niño en el patio del colegio contemplaba las gotas de lluvia dejando sus ondas efímeras en un charco. 
Cuando me he sentido bendecido por la vida.
La primera vez que hice teatro, con 7 años.
Entregado a una tarea con total concentración. Fregando los platos, por ejemplo. (sí, así de prosaico)

Estar aquí y ahora, presente en este momento. Nos repara y nos reconecta. Nos equilibra. Y nos permite aflorar lo mejor de nosotr@s mism@s.

Tenía instalado el programa, y funcionando, como tú, no tengo duda.
Pero con el tiempo, con la experiencia vital, con la socialización que nos condiciona y orienta a los resultados y la producción…
Lo fui perdiendo. Y me hizo falta actualizarlo. 

Meditar es un proceso natural.

No una dificilísima disciplina esotérica al alcance de un@s poc@s, sólo apta para monjes calvos, iniciadas, renunciantes, orientófilos y hippies con rastas.

No es que lo diga sólo yo, con mi experiencia personal y lo que ido aprendiendo. Lo dicen las neurocientíficas que llevan años estudiando los cerebros de las personas que meditan, como Nazareth Castellanos.
Por eso está presente en todas las culturas, de una forma u otra. De modo público, en la vida cotidiana de las poblaciones indígenas del Amazonas, u oculto, en los márgenes de los sistemas espirituales institucionales.

Y cada cultura le ha dado a su actualización del programa un toque especial, adaptándolo a la socialización de sus miembros. Porque para cada virus (antimeditador) hace falta un antivirus. Quizá no funciona exactamente lo mismo para un chamán siberiano que para una artesana indonesia, o un pastor de yaks del Tibet.

¿Y para las personas que vivimos en esta sociedad rara, posmoderna y globalizada, despistada de sus tradiciones y cuyas referencias espirituales se reparten en un espectro que va desde la new age a los villancicos? ¿Qué nos actualiza?

Pues depende de cada persona. 

La ventaja que tenemos es que hay acceso a muchísima información. Y que la neurociencia «occidental» está en un punto de avance muy feliz, y dialogando con las tradiciones espirituales de oriente, y ambas mirándose en el espejo de la otra. Y que tenemos acceso a un sinfín de prácticas de distintas tradiciones espirituales, transmitidas de manera más o menos fiel o práctica.

Así que el camino, a mi modo de ver, es personal. Y colectivo. Explorando, intuyendo, eligiendo lo que sirve a cada individuo. Y apoyándose en comunidades de buscador@s para acompañarse. 

Porque otra de las piezas fundamentales del programa de reconexión es: las otras personas. No estar sólo. 
Pero de Eso ya te hablo en otro lugar, otro día.

Así que el meditador o meditadora nace. Pero también se hace.
Salamanca es importante, pero tiene que haber algo de comienzo.

¿Y si no lo hay? Y hablando de cualquier cosa, no sólo de meditar. ¿Y si no tenemos el programa instalado para lo que queremos hacer? ¿Las cualidades naturales? 

Puede suceder. Quizá no tengo cualidades para ser un gran mediofondista. Pero quizá puede aprender a correr sin hacerme daño y disfrutar de unos kilómetros.

Mi intuición me dice que: para lo que realmente importa, para las cosas que necesitamos en la vida, tenemos los programas instalados. 

¿Seguro? No lo sé. A ti, ¿qué te importa, de verdad?

Te dejo esa pregunta.

Que seas feliz.

Un abrazo enorme.

Jorge