La tecnología más compleja y eficaz en educación: el cuerpo, el corazón y la mente de los niñ@s.

El pasado mes de julio me invitaron a participar en un curso de verano, dirigido a profesorado de primaria y secundaria (en activo o en formación), sobre herramientas educativas para la convivencia. Llegué con tiempo, porque me gusta escuchar a quien me precede e intentar hilar mi participación con lo que se ha visto previamente. Cuando entré en el aula pensé que me había equivocado, ya que estaba vacía, excepto una persona: el profesor. Esto podría ser una buena señal, pensé yo, que me encantó leer “El club de los poetas muertos” y que me siento fatal cuando veo una clase con la gente sentada tomando nota, todas las hileras de mesas en fila y sin verse las caras l@s un@s de los otr@s. Me incomoda con cualquier nivel educativo, pero especialmente me parece incongruente si estamos a nivel de formación del profesorado.
El caso es que no quiero entrar mucho en describir la dinámica, ni si esta era correcta y adecuada para sus propósitos, pero, para poder contextualizar lo que quiero contar a continuación, diré que a los asistentes se les acababa de enseñar (y se habían descargado) una herramienta para poder grabar y editar con el móvil, encontrándose en ese momento realizando un corto. El tema era generar un mensaje en contra del acoso escolar. Después, una vez que se vieron todas las grabaciones en el aula, cada uno puntuó los cortos en diversos aspectos, como mejor guión, mejor mensaje, etc. (usando, de nuevo, otra aplicación de móvil que también se tuvieron que descargar en ese momento).
Yo intenté observar toda la actividad sin juzgar, ya que estoy en una campaña personal de “mírate a ti misma antes de lanzar la primera piedra”. Así que, igual que con mi hijo intento no decirle lo primero que se me pasa por la cabeza (que suele ser una frase automatizada y con la que ni si quiera estoy de acuerdo, si lo pienso con un poco de tranquilidad), pues intento no quedarme enzarzada en juzgar y busco observar de la manera más neutra posible. El caso es que de repente me di cuenta de que lo que pasaba era que teníamos dos formas totalmente diferentes de entender la educación: una de ellas confiando en un instrumento externo, con la convicción de que es lo que nos va a ayudar y a motivar en el aprendizaje, y otra que pone plena confianza en el ser humano y sus capacidades.
Cuando finalmente tocó el turno de mi participación, casi sin pensarlo mucho, no pude evitar empezar con algo parecido a estas palabras: “Aunque no tenía pensado decir esto, me gustaría comentar que creo que la tecnología más compleja y eficaz que podéis usar como profesores y profesoras en el ámbito de la educación es esta…”y empecé mostrando mis manos, después señalé con ellas mi cabeza y finalmente el resto del cuerpo. Después empecé a explicarles que mi parte de la formación iba a ir sobre resolución de conflictos y sobre cómo podemos ayudar a los niñ@s y adolescentes a conectar con sus emociones y con sus necesidades, para poder tener unas mejores relaciones interpersonales. “De este modo”, les dije, “no vais a encontrar ninguna aplicación ni ningún programa informático que les permita hacer eso; y, al contrario, vuestros estudiantes, ellos mismos, con sus cuerpos, mentes y corazones, tienen la tecnología más avanzada para poder alcanzarlo”.
Así, en las siguientes horas, siguiendo conceptos básicos de mediación combinados con la teoría de la Comunicación No Violenta de Marshall Rosenberg, trabajamos la idea de que solo cuando somos capaces de aprender a conectar con cómo nos estamos sintiendo (ser capaces de poner nombre a qué se ha activado en nosotr@s) y cuál es la necesidad no satisfecha que nos ha activado (ser capaces de identificar qué hay en nosotr@s que nos está haciendo sentir así), entonces podremos resolver de manera pacífica y constructiva nuestros conflictos. Habilidades que muchos adultos, por mucha tecnología que llevemos encima, en bastantes ocasiones no somos capaces de poner en marcha.
No quiero sonar muy drástica (aunque sé que me cuesta no serlo) y entiendo la función que en algún momento puntual el uso de los ordenadores o de Internet pueda tener en el aula, pero esto nunca puede ir en detrimento de otros tipos de aprendizajes de los que somos capaces. No debemos olvidarnos de que el ser humano ya viene muy bien dotado (por millones de años de evolución de la especie) con unas capacidades que puede desarrollar (si el entorno lo favorece y no lo entorpece). Como dijo una de las profesoras de la formación de yoga y mindfulness para niños de la escuela Om Shree Om de Valladolid, la neuropsicóloga Fátima Tamayo, a veces estamos tan pendientes de descargarnos actualizaciones para el móvil que nos olvidamos de todas las posibilidades que nuestro cerebro tiene por desarrollar… “ ¡Y de manera gratuita!”, añadiría yo.
Rosa Pulido es profesora de Psicología en la Universidad Nacional de Educación a Distancia y asesora en el diseño pedagógico del programa y contenido de la formación de Maestr@ de yoga para niñ@s, que se imparte desde la escuela Om Shree Om en Valladolid.
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