Son tres palabras sencillas, cotidianas. Tanto que es fácil pasar por encima de su tremendo significado hasta que un día las escuchas con otros oídos, porque el momento que estás viviendo no es tan cotidiano, o porque estás especialmente sensible. Y entonces toda su carga cae sobre uno como un cubo de agua, fría o caliente, según el caso.

¿De qué manera estas palabras y su sentido profundo pueden echarnos una mano?

Pues usándolos de forma consciente. Así de “sencillo”.

Haz este simple experimento para comprobar su fuerza:

Busca un rincón y un momento tranquilos. Serénate un poco: bosteza, toma unas respiraciones profundas, suspira… Centra tu atención en tu respiración durante un minuto. Elige una de las tres palabras (te recomiendo empezar con Hola). Primero escúchala en tu mente. Despacio,sin prisa. Pronunciala mentalmente con todos sus sonidos. “Escucha” cómo te ha sentir. Si aparece cualquier imagen o asociación permítelo y sigue observando y pronunciándola. Después de un rato, cuando te sientas más llena de esa palabra, empieza a pronunciarla en voz alta. Primero sólo en un susurro, y luego poco a poco más audiblemente. Escucha su eco fuera y dentro de tí, y observa, nada más.

Comparto contigo qué sentido y poder tienen para mí, más allá de su significado inmediato.

HOLA.

Hola es un saludo. Por tanto implica un RECONOCIMIENTO. Aceptar y enunciar conscientemente que esa realidad (persona, hecho, recuerdo, sensación), existe y está ahí. Y que la estás viendo. No es cualquier cosa. ¿Recuerdas alguna ocasión en la que has evitado saludar a una persona conocida con la que te has cruzado o encontrado? No importa la razón que tuvieras. El hecho es que no saludarla implica que ignoraste su existencia deliberadamente. Y probablemente esa persona se dio cuenta y recibió el mensaje y puede que actuase de la misma manera, en un tácito y paradójico acuerdo de ignorarse. A menudo hacemos algo parecido con cosas de nuestra vida. Hechos, sensaciones, recuerdos, vivencias… Sabemos que están ahí pero no les damos la bienvenida, los mantenemos en el margen de nuestra consciencia. Por distintas razones. Pero al hacerlo también nos negamos el afrontar esas cosas y lo que traen para enseñarnos. Decirles Hola conscientemente es una manera de mirarlas y decirles: estoy aquí dispuesto a escuchar.

GRACIAS.

¡Qué difícil de decir es a menudo! ¿Por qué nos cuesta tanto? Para mí, porque implica reconocer que hemos recibido. Y hay muchas veces que nuestro orgullo, el miedo o mil razones más nos impiden recibir o reconocer que lo hemos hecho. Toda experiencia tiene un sentido, algo que dejarnos. Dar las gracias a una experiencia, sea en principio dolorosa o placentera, implica que hemos recibido de ella, y nos abre la puerta a INTEGRAR efectivamente el aprendizaje de esa experiencia. Sin agradecer no recibimos en realidad, y no podremos continuar porque nos quedamos bloqueades.

ADIÓS.

No menos que agradecer nos cuesta despedirnos. La mayoría de las personas usamos el apego como una manera de construir nuestro sentido de la identidad, ya que ignoramos nuestra verdadera esencia. Y buscamos rellenar ese vacío existencial definiéndonos a través de nuestros odios, amores, y pertenencias variadas. A menudo esos “proveedores de identidad” están, además, muy caducados. Seguimos aferrades a ellos a pesar de que ya no tienen nada más que darnos que ese sentido existencial. Como cuando masticas un chicle ya sin sabor durante mucho tiempo. Algo parecido a lo que ocurre con el chicle nos pasa con ellas. Nos impiden tomar lo nuevo que la vida nos ofrece, y adormecen nuestro capacidad para degustar la vida. Y además no acabamos de “tragar” esa experiencia, ni de escupir la parte de ella que no tenga sentido. Después de agradecer, para hacer efectiva realmente la integración de la experiencia, debemos además SOLTAR, DEJAR IR, cortar nuestros amarres y el pedazo de identidad construída que con ella va. Decir Adiós es morir un poco… Pero la Vida es morir y renacer. Sin lo uno no hay lo otro, y no hay Vida.

¿Qué te parece? Nada menos que la posibilidad de extraer sentido de la vida está en estas palabras.

Puedes construir con estas palabras una meditación para el fin de año, o de cualquier otro ciclo:

Serénate. Respira. Primero visualiza tu año de forma general, (o si lo prefieres y quieres ir a fondo puedes ir de forma más concreta a las experiencias y acontecimientos más importantes de este año). Imagina que está representado frente a tí, en persona, o en un espejo o pantalla. Despacio, tomate el tiempo para repetir cada palabra (Hola primero, luego Gracias, y finalmente Adiós) el número de veces que sea necesario, observando lo que ocurre en tí, y respirando de forma amplia y sosegada en lo posible. Primero mentalmente, luego en susurro y luego en voz alta. Observa también la representación que hay frente a tí, y su evolución si la hay.  Hasta que notes que ya has terminado con esa palabra, que su función está hecha. Luego continúa con la siguiente. Hasta que estén las tres.

Cuando hayas terminado agradece también a la Vida y a tí misme. Recibe ese agradecimiento como una cálida lluvia o caricia.

Sigue caminando.

Que seas feliz.