“Jugar” de André Stern, está editado por Litera. En este ENLACE puedes hojearlo y hasta comprarlo.

Estoy seguro al 99% de que “Jugar” no te dejará indiferente.

Dificilmente si eres madre o padre. Si eres educadora aún más. Y si además lo eres en la educación formal ni te cuento. Y aunque no lo seas, habrás sido niñe.  Así que tienes poca escapatoria.

Lo que cuenta y propone es, por un lado, tan sencillo y tan natural y está contado con un lenguaje tan directo, claro y cargado de vivencia, que cuesta pensar cómo no va a tener razón. Pero además lo que transmite es muy poderoso. Personalmente, todas mis células reconocían lo que André dice sobre la infancia, el juego y la necesidad de respetar a ambos mucho más de lo que hacemos, de confiar en les niñes. Por eso esta reseña se me va revelando ya con un tono apasionado y muy implicado.

Porque lo que dice André en este libro, y aporta sus testimonios como padre y como hijo para apoyarlo, es que les niñes necesitan jugar. Lo necesitan. Es imprescindible para su desarrollo como seres humanos. Y la sociedad adulta con nuestra urgencia de educarles, no se lo permitimos. Ni siquiera reconocemos el esencial, radical papel del juego, así que lo limitamos en tiempo y espacio, lo condicionamos, pautamos, estructuramos o adulteramos.

Y así echamos a perder el potencial creativo, las ganas de aprender, la curiosidad innata, el afán investigador, los talentos naturales y el propósito vital de nuestres hijes. Todo a cambio de una falsa socialización y una educación de mentira: aseguramos su mediocridad para que encajen en la norma.

Bien visto desde esta perspectiva, la educación que en general y aún hoy ofrecemos a nuestres hijes no sería tal, sino un adiestramiento cargado de inhibición. No educamos, domamos. Si aún fuera por su bien… Ésa ha sido la justificación de generaciones. Educar niñes como podar árboles. No lo dice sólo Stern. Varies expertes colaboran en el libro aportando desde la psiquiatría, la neurología, la pedagogía, el arte…Y es que la neurociencia moderna a venido a confirmar lo que de niñes todes sabíamos: que no, que no les hace bien esa doma y que no es necesaria ni conveniente. Que sólo aprendes de verdad cuando te emocionas y entusiasmas, y que éso sólo ocurre cuando lo vives como un juego.

A medida que iba leyendo la descripción de André de las exploraciones lúdicas, tan serias y entregadas, de su hijo y sus propios recuerdos de una infancia totalmente respetada y sin adulterar por el filtro escolar, afloraban en mí todos los recuerdos de lo que mi instinto, en realidad todo mi ser, me pedía siendo niño y cómo aprendí a negociarlo con el mundo que me rodeaba. Negociar perdiendo, porque el mundo que me rodeó, el que nos rodeó a toda mi generación y a muchas más tenía las de ganar sobre los impulsos naturales de la infancia, que eran completamente arrinconados a los momentos en que el juego estaba permitido. Momentos sobrantes y precarios.

Y leerlo y sentirlo tan celularmente cierto en mí, suponía un gran suspiro en mi interior, un gran reconocimiento de todo ese esfuerzo de negociación tan injusto, y todo lo sacrificado en su nombre. Lo que queda de niño en mí ha sentido este libro de Stern como un gran abrazo y una legitimación vital, con un impacto en el hombre que soy hoy que ya siento comenzar e intuyo muy poderoso en su desarrollo.

Porque lo que cuenta André en este libro es al mismo tiempo que sencillo y natural, muy profundo en cuanto a que implica a nuestra propia naturaleza como seres humanos. Incluso como mamíferos. Cada ser humano y cada mamífero nacen con el impulso de crecer y aprender. Y el modo en que la naturaleza nos ha equipado para hacerlo, la manera perfectamente adaptada a nosotres que optimiza todos los aprendizajes en múltiples niveles de la manera más eficiente y desarrollando nuestros propios potenciales individuales, en definitiva el mejor método pedagógico existente, diseñado por la propia evolución es: EL JUEGO.

André tuvo, y sus hijos están teniendo, una infancia atípica. No solamente porque no han sido escolarizados y se les ha permitido jugar y seguir sus impulsos de aprendizaje. También porque, según cuenta, han sido respetados siempre como personas completas y competentes. Uno se pregunta cómo lo han hecho, cómo han resuelto la ecuación de la subsistencia y el tiempo para acompañar a sus hijos sin recurrir a la escuela. Cómo hicieron y están haciendo eso que ahora hemos dado en llamar Concialición de la vida familiar y laboral. El libro ofrece algunas pistas pero no suficientes. No son pobres actualmente pero tampoco ricos y no parecen del tipo de personas con ansia de serlo…

Quizá el otro libro de André, titulado de un modo muy explícito: “Yo nunca fui a la escuela” (también en Litera) pueda ofrecer alguna pista más. Ya os lo contaré, o mejor, leedlo vosotres. Lo que me aparece con claridad es que André y su familia (su padre es Arno Stern, fundador del Instituto André Stern e investigador de la expresión humana) no se ajustan a los caminos hechos. Son autodidactas o buscan les maestres adecuades, asumen tareas para las que no están preparades pero que aman y se forman para ellas sobre la marcha y con pasión.

En definitiva, no se conforman con vivir a medias. Lo hacen con total entrega y compromiso. Igual que hacen una niña o un niño cuando juegan.

“Jugar” de André Stern, está editado por Litera. En este ENLACE puedes hojearlo y hasta comprarlo.