El stress no es sólo un problema de ejecutivos con sobrecarga de trabajo. Afecta a todas las personas, porque todas las personas vivimos desafíos, cambios y crisis. De nosotres depende convertirlo en un estímulo para la evolución o en un peso que puede deteriorar seriamente nuestro bienestar y nuestra salud.

¿Pero qué es exactamente el stress, ésa palabra que se ha colado en nuestra vida y que usamos de forma cotidiana significando a veces cansancio, otras ansiedad, otras una sensación de estar desbordados?

El stress es una reacción fisiológica de nuestro sistema. Es un complejo reajuste de nuestras funciones vitales que prioriza aquellos mecanismos de nuestro cuerpo y mente que pueden dar una respuesta rápida. ¿A qué? A algo que percibimos como una amenaza a nuestra supervivencia. Su objetivo es poner toda nuestra energía en la huída o en la lucha.

Imagina que paseando por los territorios de caza de tu clan, encuentras súbitamente un león cavernario hambriento. Tu corazón y tu respiración se acelerarán, la adrenalina y otras hormonas inundarán tus vasos sanguíneos, sentirás calor en las piernas y brazos por el flujo sanguíneo aumentado, y es posible que tus intestinos decidan desalojar con urgencia el  desayuno. Tu atención se agudizará y casi sin pensarlo puede que te encuentres trepando al árbol más cercano sin sentir los arañazos en la piel de tus manos y pies.

Todas estas respuestas de tu sistema y unas cuántas más pueden salvarte la vida en una situación apurada. Pero, ¿qué ocurre cuando la amenaza es más abstracta que un león? Como por ejemplo: un posible despido, una relación que termina inesperadamente, o la enfermedad de un familiar. También alguna de éstas podrías sufrirlo viviendo en las cuevas de Altamira hace 8.000 años. Pero nuestra vida cotidiana está a menudo trufada de eventos más o menos difusos y poco físicos, que sin embargo percibimos como amenazas a nuestra supervivencia (o la de nuestro sentido de la identidad…). Y que están presentes la mayor parte del tiempo.

Una vez hubieses bajado del árbol sin leones a la vista y regresado a la cueva, es probable que tu alter ego prehistórico decidiese tomar un sueño reparador y jugar después a ser un león con los miembros más jóvenes de la tribu. Si llegaste muy asustado puede que incluso el chamán del clan realizase un ritual para sacarte el susto que incluyese el uso de alguna planta. Todo esto ayudaría a tu alter ego a eliminar la tensión residual, dar descanso al cuerpo, procesar las emociones vividas. A recuperar el equilibrio, en definitiva. Y a integrar lo vivido y aprender de ello.

La diferencia con nuestra vida actual es que a menudo no hay los momentos suficientes de descanso y desconexión, imprescindibles para recuperarnos. Las amenazas están presentes casi en cada momento. Nuestro sentido de la identidad depende de cubrir tantas necesidades en nuestra compleja existencia que la sensación de peligro y la ansiedad pueden llegar a ser omnipresentes. Aunque menos intensos quizás que en el caso del león, están ahí. Lo suficiente para que nuestro sistema no encuentre la compensación que necesita. Si esta situación se mantiene en el tiempo, nuestros recursos vitales estarán cada vez más agotados. Imagínate huyendo al árbol cada quince minutos (que puede ser un tiempo medio entre las notificaciones de su teléfono móvil para muchas personas). Y nuestra salud se resentirá, incluso de forma grave. De forma letal, incluso. El stress crónico puede agotar y estragar nuestro corazón, nuestros órganos vitales. Puede invadir todos los momentos de la vida en forma de ansiedad, temor, y también de malas soluciones evasivas: adicciones, consumo excesivo, decisiones precipitadas o nunca tomadas…

Por ello es vital que tomemos conciencia de hasta qué punto el stress está presente en nuestro día a día. Aprender los momentos en los que lo generamos y realimentamos. Y cuándo lo aliviamos. Y empezar a contrarrestarlo y mejor aún, prevenirlo. Hay varias maneras en qué podemos intervenir. Descansando, buscando equilibrio.  Evaluando de forma más objetiva las situaciones que vivimos. Y si es necesario evitando exponernos demasiado regularmente a lo que nos desestabiliza.

Pero ¡ay! la vida es cambio. Y el cambio en nuestras vidas es una de las fuentes más importantes de stress, ya que amenaza directamente a nuestra identidad. Aprender a convivir con el cambio, y construir una identidad más sólida y menos dependiente son pasos muy importantes para ser menos víctimas del stress y valernos mejor de su capacidad de estimularnos cuando aparece, ocasionalmente.

¿Cómo hacerlo todo esto? Hay muchas maneras. Seguro que si echas un vistazo a tu maletín de recursos, encontrarás cosas que incluso ya haces para conseguirlo. Es cuestión de poner esas herramientas en acción, y de forma regular, incluso cotidiana. Y también se puede aprender.

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Jorge Nadanta es profesor de Yoga y Meditación en Nadanta Yoga. Imparte clases regulares de Yoga en Valladolid y Segovia, y Talleres Intensivos en distintos puntos del país.