A menudo al finalizar una clase de yoga me siento a gusto, más en paz y equilibrado.

A veces me parece sentir con claridad que hay muchas personas en el grupo con una sensación parecida. (Si eres asistente habitual a clases de yoga no te será extraño esto que te cuento, habrás probablemente sentido ese silencio compartido especial lleno de una paz brillante). Otras, incluso, siento que «algo» se ha colocado, se ha equilibrado, se ha sanado. En una persona o varias o quizá en todas un poco.

Cuando tengo esa sensación a veces invito a las personas que están presentes a dar gracias. No a mí, ni por la clase, o lo que yo crea que ha sucedido. A dar gracias por algo, por lo que sea, en su vida.

Y en algunas ocasiones he añadido al final:

«y si no encuentras nada que agradecer… háztelo mirar, porque es grave».

Ahora que lo escribo no se me escapa cierta arrogancia en la frase (que yo suavizaba con un tono de complicidad). Pero tiene mucha razón.

No siempre es fácil dar gracias. Incluso así, con una propuesta tan abierta.
Y no es que no tengas nada que agradecer.
Todo el mundo tiene algo, seguro, incluso en las situaciones más difíciles: siquiera respirar, o despertarse un día más…
Pero puede ser que no seas capaz de verlo. 
Que tu «músculo» mental de agradecer esté dañado, o agotado.
Que seas incapaz de percibir una gota de asombro, de maravilla, de belleza o de placer.

No es tan raro, no creas. Es muy habitual.
Es parte de una enfermedad del alma. Y es de las que más gente mata en el mundo. Sobre todo en nuestro «primer» mundo tan desconectado, tan vacío y materialista, tan adicto a los sucedáneos de la vida.
Porque cuando estás tan en el pozo que nada te «toca», ¿para qué vivir?

La llaman depresión.

Lo sé bien. Yo he vivido temporadas largas así. Te diría que años.

Así que sé por experiencia lo que cuesta dar las gracias. Encontrar algo que agradecer.
Pero también sé que buscar ese «músculo», hacer el titánico esfuerzo de sacar la mirada del pozo un momento y mirar hacia afuera hasta encontrar «algo» -aunque sea minúsculo- bello, agradable o ligero, puede suponer encontrar un hilo que te una a la vida.

Y dar gracias por ese «algo» significa asir ese hilo.

Y ejercitar ese músculo lo más posible puede ser una de las cosas que te ayuden a ir dejando atrás, poco a poco, el pozo, las arenas movedizas. 

Una de las cosas, ojo. Pero seguro que van a hacer falta más. 

Otras que ayudan: servicio a los demás, ejercicio físico, alimentación sana, meditación, ejercitar la compasión…

Y como base de todo lo demás: ir a psicoterapia, y tener un tratamiento recetado por un profesional autorizado.

Así que sí, a riesgo de ser arrogante, o pedante:

Si no encuentras nada que agradecer, háztelo mirar, porque es grave.

Y si eres de las personas que por fortuna aún son capaces, no dejes de ejercitar ese músculo. Es el músculo de vivir.

Gracias por leerme.

Que seas feliz.
Un abrazo.