¿A quién escuchamos realmente? El lento camino hacia la desconexión

Tengo un ejemplo muy claro que ilustra a qué me refiero con la pregunta “¿A quién escuchamos realmente?”. El otro día Jorge vino con un helado de mango (porque sabe que me encantan los helados y especialmente este sabor) y me lo ofreció. Tomé un poco y se lo devolví. Me dijo, “no, no, si lo había traído para ti”. Yo lo cogí y seguí comiéndomelo. Entonces me preguntó “pero, ¿te apetece?”. Con esa capacidad que tiene para detectar en seguida las incongruencias entre la comunicación verbal y la no verbal, se dio cuenta de que me lo estaba comiendo sin ganas. Entonces me paré y me di cuenta de que realmente no me apetecía. Si él no me hubiera dicho nada, me lo habría comido entero.

Esto que puede parecer anecdótico, me suele pasar a veces. ¿Solo a mí? Parece ser que no y que es mucha la gente que se encuentra desconectada y no sabe cómo escuchar sus necesidades reales. Eso que yo hice con el helado, lo hacemos con otras muchas cosas diariamente. En ocasiones la razón principal es por no fallar al otro, casi sin ser conscientes de ello: “si me lo había traído el pobre, ¿cómo le iba a decir yo que no lo quería?”. Alguien me llama para pasarse a verme y, aunque no es un buen momento, yo pienso “encima que se toma la molestia, ¿cómo le voy a decir que no?”. Hay que hacer algo en el trabajo que nadie más quiere hacer, “¿cómo voy a decir que yo no y que le caiga el marrón a otro?”. Así continuamente, ignoramos nuestras necesidades reales, en función de lo que anticipamos que será la reacción de los demás.

Pero, ¿cómo es posible que lleguemos a este punto de desconexión con nosotr@s mism@s? Para poder entendernos mejor, y no caer en solo culpabilizarnos por no habernos escuchado más, tenemos que remontarnos a la educación que hemos recibido en nuestra infancia. Después de años y años de escuchar mensajes en los que es el otro el que me dice si lo que hago es lo correcto o no, finalmente acabamos bloqueando esa capacidad intrínseca. Capacidad que tan claramente tenemos de manera innata, como se ve en los bebés. Estos son capaces de poder conectar todo el tiempo con sus necesidades reales. No son egoístas, como en ocasiones he oído decir: son puramente sinceros con ell@s mism@s.

Durante años he explicado a mis estudiantes de Psicología, siguiendo la propuesta de Cichetti, la “motivación de eficacia” como una de las tareas evolutivas básicas que adquirimos en el desarrollo. Para mí era muy fácil explicar que es “la capacidad para estructurar la conducta hacia los propios objetivos” y poner un par de ejemplos: que un niño se sienta competente al realizar él sólo una tarea, que se sienta capaz de superar retos accesibles. Solo ha sido a raíz de ser madre cuando he descubierto la dificultad que esto entraña realmente. De la teoría a la realidad hay un gran salto en ocasiones.

Cuando una se para a escuchar el tipo de mensajes que les decimos a los niños y niñas, realmente es asombroso. Continuamente les ordenamos lo que tienen que decir (“Dile a papa lo que has hecho hoy”, “Da las gracias”, “Di cómo te llamas”) y hacer (“Termínate la comida que tienes en el plato”, “Vamos a jugar a poner todos los muñecos juntos”, “¿Por qué no pones esto ahí?”), junto con elogios constantes (“¡qué bien lo has hecho!”, “¡pero qué listo es mi niño!”, “te ha salido muy bien”). Parecen frases inocuas, pero no lo son. Cuando son repetidas continuamente y sin apenas espacio para que puedan mirar dentro de sí mismos, para ver si realmente quieren eso o no, acabarán por dejar de escucharse. Así nos pasó a nosotr@s y así les está pasando a ell@s.

En mis lecturas más actuales he descubierto como diversos autores ponen nombre a esto que, de manera poco consciente, solemos hacer los ma/padres y educadores/as. Jesper Juul, en su impactante libro Su hijo, una persona competente. Hacia los nuevos valores básicos de la familia, explica como el uso desmesurado de elogios generan un “globo de ego”, que no es una confianza real y que puede acabar estallando en cualquier momento. Marshall B. Rosenberg, en su propuesta de Comunicación No Violenta (recogida en diversas publicaciones), también plantea el hecho de que sólo atender a nuestras necesidades es lo que permite potenciar la motivación intrínseca. Inbal Kashtan, también basándose en la propuesta de Comunicación No Violenta, en el precioso libro Ser padres desde el corazón. Compartir los regalos de la compasión, la conexión y la elección, explica y ejemplifica cómo los elogios y críticas hacen que las conductas acaben poniéndose en marcha solo para conseguir esa recompensa o evitar el castigo. Así, poco a poco, vamos desconectando de las necesidades primarias que deberíamos escuchar y solo buscamos la reacción del otr@.

La parte positiva es que también nos dan propuestas de qué podemos hacer para acabar con este bucle de desconexión: desde la necesidad de confiar más en los niñ@s (aceptar que tienen sus recursos propios internos para aprender) o el poner más atención en nuestro estilo de comunicación (aprendiendo a pasar de los juicios a las observaciones). Por mi parte, también añadir la importancia de la práctica del yoga y cómo nos puede ayudar en este sentido. Todos aquellos momentos en los que hagamos un paréntesis en nuestro ritmo diario y nos paremos para escucharnos cómo nos encontramos (qué siente mi cuerpo, qué pasa por mi mente y cómo estoy emocionalmente) me permitirá ir rescatando, poco a poco, ese sensor interno que todos tenemos. Por eso, con el tiempo y la práctica, cada vez somos (o seremos) más conscientes de las incongruencias que vivimos en nuestro día a día. Así sé que llegará el día en que diga claramente “no”, sin estar tan pendiente de cómo el satisfacer mis necesidades pueda afectar a la otra persona.

 

Rosa Pulido es profesora de Psicología en la Universidad Nacional de Educación a Distancia y colaboradora voluntaria de la formación de Maestr@ de yoga para niñ@s, que se imparte desde la escuela Om Shree Om en Valladolid. Actualmente, disfrutando de una excedencia profesional, ejerce como madre casi las 24 horas del día, los 365 días del año. Unos días con mucho gusto y otros con mucho cansancio, pero siempre sintiendo que está realizando el aprendizaje más intenso al que se ha enfrentado nunca.

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